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La hepatitis C es una de
las infecciones más frecuentes entre las que se transmiten por vía
sanguínea y es la primera causa de trasplante hepático. Pero,
además, según los especialistas, la hepatitis C es tan grave como
el sida, no hay ninguna vacuna y el tratamiento que existe es muy limitado;
algunos investigadores consideran que es la mayor epidemia del mundo, con 170
millones de infectados. Futuro dedica su informe de salud a esta infección
que puede alojarse en las personas durante años sin manifestar síntoma
alguno, lo que a su vez es uno de los principales obstáculos para poner
un freno a su contagio.
En 1996, en la Argentina, se notificaron al Ministerio de Salud de la Nación
127 casos del contagio de un temible virus; al año siguiente la cifra
casi se duplicó: fueron 202 los casos reportados en 1997. Pero si alguno
pensó que la situación no podía empeorar, perdió
las apuestas. En 1998 la cifra saltó a 712. Quien no tuviese a mano los
números de la evolución de la enfermedad previos a 1998 diría
que 1999 fue un buen año, pues se notificaron tan sólo 500 casos,
200 menos que el año anterior.
Sin embargo, las últimas cifras disponibles dieron por tierra con cualquier
actitud optimista sobre el tema: en el 2000 fueron 604 los casos notificados
de contagio del virus en cuestión. ¿De qué estamos hablando?
Durante dos décadas -y a falta de una mejor definición- los médicos
lo llamaron hepatitis "no A no B", hasta que finalmente, en 1989,
los doctores Michael HOUGHTON y Daniel BRADLEY de un laboratorio de los Centros
para el Control y Prevención de las Enfermedades (CDC) de los Estados
Unidos, identificaron al virus que llamaron, en un arranque de originalidad,
hepatitis C.
"Hoy la hepatitis C es la infección crónica transmitida por
sangre más frecuente, y es también la primera causa de trasplante
hepático -afirma el doctor Víctor ROSENTHAL,
secretario general de la subcomisión de Infección Hospitalaria
de la Sociedad Argentina de Infectología y miembro del grupo redactor
de las Normas Nacionales para la Prevención de las Infecciones Hospitalarias
del Ministerio de Salud de la Nación-; muchos investigadores la denominan
la mayor epidemia del mundo."
Algunos datos de esta epidemia: se estima que en todo el mundo el número
de personas infectadas con el virus de la hepatitis C asciende a 170 millones.
El caso de Estados Unidos -uno de los pocos países que cuenta con datos
estadísticos fiables al respecto- es ilustrativo de su impacto en la
salud pública: los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de ese país
estiman en 3.900.000 el número de norteamericanos infectados con el virus,
lo que representa el 1,9% de la población. Dicha prevalencia se traduce
en entre 8.000 y 10.000 muertes anuales por enfermedad hepática crónica
asociada al virus hepatitis C, afección que se ubica en el décimo
puesto del ranking de causas de muerte.
Eso a pesar de que los norteamericanos han implementado efectivas (aunque insuficientes)
medidas para cerrarle el paso al virus en su expansión: en la década
del 80 se reportaban 180.000 casos de hepatitis no A no B aguda cada año,
hoy sólo son notificadas 36.000. "A pesar de que la incidencia de
la hepatitis C aguda ha declinado, existe un gran reservorio de norteamericanos
infectados crónicos que pueden servir como fuente de transmisión
a otros que están en riesgo de sufrir las severas consecuencias de la
enfermedad hepática crónica", admitió la doctora Miriam
J. ALTER, en la Conferencia Internacional de Consenso sobre Hepatitis C realizada
a fines de febrero de 1999 en París, Francia.
"Es muy importante que la gente se dé cuenta de que la hepatitis
C es igual de grave que el HIV, pero es mucho más frecuente -afirma por
su parte la doctora Janine JAGGER, directora del International Health CareWorker
Safety Center, del Colegio de Medicina de la Universidad de Virginia, Estados
Unidos; especialista en el contagio de infeccionesdentro del ámbito hospitalario
que visitó Buenos Aires para disertar sobre medidas preventivas-. La
peligrosidad de la hepatitis C se debe a que no hay ninguna vacuna para prevenirla
y a que el tratamiento disponible es muy limitado."
Vias de transmision
"Antes de 1989, cuando
finalmente fue identificado por los doctores Houghton y Bradley del CDC, sólo
se sabía que el virus conocido por aquel entonces como hepatitis no A
no B se transmitía a través de las transfusiones -recuerda el
doctor ROSENTHAL-. Hasta ese momento, el diagnóstico
se hacía por descarte de hepatitis A, hepatitis B, virus Epstein bar
y Cytomegalovirus."
Hoy el CDC, una de las máximas autoridades al respecto, reconoce como
principales vías de contagio de este virus a "la exposición
percutánea, como la transfusión de sangre y sus derivados o el
trasplante de órganos y tejidos de donantes infectados, y al compartir
jeringas contaminadas entre usuarios de drogas intravenosas; estos últimos
representan más del 50% de los casos", escribe la doctora ALTER.
Hay estudios que muestran que, tras cinco años de utilizar drogas intravenosas,
el 90% de los adictos se encuentra infectados con el virus de la hepatitis.
Un reciente trabajo científico del Instituto Nacional de Abuso de Drogas
(NIDA) de los Estados Unidos se interna aún más en el tema, al
revelar que pudieron observar que entre usuarios de drogas ilegales no inyectables
el porcentaje de infección por hepatitis C es también bastante
elevado, incluso mucho más de lo que se creía. Mientras que el
porcentaje de infectados en la población general de ese país araña
el 2%, los investigadores del NIDA hallaron que el 17% de los usuarios de drogas
no inyectables estaba infectado.
"Debemos estudiar más profundamente las rutas de transmisión
de la hepatitis C -sugirió en un comunicado de prensa el doctor Alan
I. LESHNER, director del NIDA-. Si esta afección puede ser transmitida
al compartir elementos relacionados con las drogas no inyectables, como por
ejemplo las pipas o los elementos para inhalar cocaína, debemos incluir
esta información de los mensajes de salud pública dirigidos a
las poblaciones en riesgo".
"Otros grupos de riesgo son los trabajadores de la salud y los pacientes
en hemodiálisis, ambos representan el 5% de los casos", continúa
la doctora Alter. Además, agrega el doctor ROSENTHAL,
el virus de la hepatitis C también es transmitido a través de
relaciones sexuales sin protección (léase: sin preservativo) con
personas infectadas, o por compartir con éstos elementos como cepillos
de dientes o máquinas de afeitar. "Entre el 15 y el 20% de las personas
con hepatitis C refiere haber tenido relaciones sexuales sin protección
como único factor de contagio", informa ROSENTHAL.
Por último, "el riesgo de transmisión madre a hijo (transmisión
perinatal) es del 6% siempre y cuando la madre tenga sólo hepatitis C,
ahora si también es HIV positiva el riesgo asciende al 14%".
Sintomas
Uno de los principales
obstáculos para poner un freno al contagio de la hepatitis C es que,
al igual que lo que sucede con el sida, las personas infectadas pueden pasar
años sin manifestar signos o síntomas que delaten la presencia
del virus.
"La infección por hepatitis C puede ser difícil de detectar
porque a veces no hay signos o síntomas visibles -dice el doctor
ROSENTHAL-. En la fase aguda de la hepatitis C, el 70% no presenta
síntomas; sólo el 30% se pone amarillo (ictericia) y un 10% tiene
síntomas inespecíficos comofalta de apetito, malestar o dolor
abdominal. Algunos síntomas son similares a los del catarro: cansancio,
debilitamiento, fiebre, náuseas y vómitos; en casos más
graves: erupciones en la piel y oscurecimiento de la orina."
¿Cuál es la evolución natural de la enfermedad? "Entre
el contagio y los síntomas agudos pasan de 6 a 7 semanas -responde este
médico especialista en clínica médica y en enfermedades
infecciosas-. Luego de la fase aguda, entre el 15 y el 25% de los pacientes
se cura espontáneamente, mientras que el resto desarrolla la forma crónica
de la enfermedad. En el 60% de ellos se observan niveles elevados de enzimas
hepáticas que indican una lesión del hígado." Para
un no tan reducido porcentaje de los afectados, la infección por hepatitis
C conlleva severas consecuencias. "Entre el 10 y el 20% de las personas
con la forma crónica de la enfermedad desarrollan cirrosis entre los
20 y los 30 años de haber contraído la infección",
dice ROSENTHAL. Para muchos de estos pacientes, el trasplante
de hígado es la única alternativa.
Aún así, existen dos medicamentos que permiten tratar con relativa
efectividad a una parte de los pacientes afectados por el virus, evitando llegar
al estadio del trasplante: el Interferon y la Rivabirina. "El Interferon
está indicado en pacientes con hepatitis C crónica con alto riesgo
de desarrollar cirrosis, es decir aquellos que tienen enzimas hepáticas
persistentemente elevadas y cuya biopsia hepática muestra fibrosis o
al menos una moderada inflamación o necrosis -explica ROSENTHAL-.
Esta droga no puede utilizarse en adictos o alcohólicos activos, en depresivos
o pacientes con citopenia (reducido recuente de células en la sangre),
hipertiroidismo, trasplante renal o enfermedad autoinmune."
Al cabo de un año de tratamiento con Interferon, apunta este especialista,
el 50% de los pacientes logra la remisión de la enfermedad; sin embargo,
al abandonar la medicación la mitad sufre una recaída. "En
definitiva, tan sólo entre un 15 y un 25% de los pacientes con hepatitis
C crónica tratados con Interferon logran una respuesta sostenida",
dice. Ahora, si a los tres meses de tratamiento el paciente no responde hay
que suspender la medicación: "En estos pacientes que no responden
al Interferon se puede emplear una combinación de Interferon y Rivabirina;
aquí la respuesta positiva oscila entre el 40 y el 50% de los pacientes".
Medidas posibles
En tanto la medicina y
las distintas ciencias biológicas no consigan dar con una vacuna y un
tratamiento que dé respuesta a todos aquellos que contraen la infección
por hepatitis C, ¿qué se puede hacer para detener el avance de
esta enfermedad? O, mejor, ¿qué han hecho otros países?
Las medidas y las políticas sanitarias a implementar son en gran medida
coincidentes con la lucha contra el HIV: básicamente, sangre segura y
sexo seguro.
"Hay que reducir o eliminar el riesgo de contagio que representa la sangre
contaminada y sus derivados, mediante controles serológicos y el empleo
de métodos existentes para inactivar el virus en sangre y derivados;
evitar los accidentes con sangre y fluidos corporales entre el personal de salud;
implementar prácticas de control de infecciones; eliminar actividades
de riesgo, como la drogadicción intravenosa o la promiscuidad sexual;
utilizar medidas de barrera en las relaciones sexuales (preservativos); evitar
los tatuajes; identificar y aconsejar a las personas en riesgo; tratar médicamente
a las personas infectadas y, por último, hacer vigilancia epidemiológica
de la epidemia de hepatitis C", enumera ROSENTHAL.
Una temible combinación
Dado que el virus de la
hepatitis C y el virus del sida comparten similares vías de contagio,
es de esperar un elevado índice de coinfección entre los afectados
por ambos problemas. Según estadísticas recientes, se estima que
casi el 40% de los norteamericanos infectados con HIV -entre 300 y 400 mil personas-
también está infectado con el virus de la hepatitis C; incluso
en algunos grupos de riesgo para ambas afecciones, como los usuarios de drogas
intravenosas, el índice de coinfección hepatitis C-HIV ronda ni
más ni menos que el 90%. "Esto se está convirtiendo en un
problema realmente grande", señaló a The New York Times Alan
FRANCISCUS, director del Programa de Apoyo a los Pacientes con Hepatitis C de
San Francisco, Estados Unidos. Antes de la aparición de los inhibidores
de la proteasa, muchos pacientes con HIV morían demasiado rápido
por enfermedades asociadas a este virus como para siquiera enterarse de que
también estaba infectados con el virus de la hepatitis C, un virus que
puede tomar años en volverse sintomático. A medida que las tasas
de mortalidad han declinado en los países desarrollados, las enfermedades
hepáticas asociadas a la hepatitis C se han reposicionado como causa
número uno de muerte de pacientes HIV positivos en muchas clínicas
de los Estados Unidos. En ellas, casi la mitad de las muertes de los pacientes
infectados se debe a un fallo hepático y no a neumonía o alguna
otra afección asociada al HIV.
Profesiones de
riesgo
"En los Estados Unidos,
el virus de la hepatitis C representa el mayor riesgo de infección dentro
del medio hospitalario; es mucho más frecuente que el de la hepatitis
B o el HIV -comienza diciendo la doctora Janine JAGGER-. Si bien no existe una
estadística nacional al respecto, nuestra propia red de investigación
(EPINet) estima que se producen entre 200 y 600 casos anuales de contagio de
hepatitis C entre los trabajadores de la salud."JAGGER es una especialista
en la prevención del contagio accidental de afecciones entre el personal
hospitalario; ha participado de la elaboración de la "Needlestick
Safety and Prevention Act", normativa suscripta en noviembre de 2000 por
el ex presidente de los Estados Unidos Bill Clinton, que obliga a las instituciones
médicas de ese país a proveer a sus trabajadores de dispositivos
como las jeringas o catéteres de aguja retráctil que impiden accidentes
cortopunzantes."Una enfermera se pincha, en promedio, una vez cada cinco
años con una aguja -explica JAGGER; entre el 5 y el 7% de los pinchazos
está contaminado con el virus de la hepatitis C. Y si bien en los Estados
Unidos tenemos tratamientos disponibles, éstos no necesariamente lo están
en todos los países y, si están, son muy caros. Tenemos casos
documentados de contagios de hepatitis C en personal hospitalario que muestran
que el costo del tratamiento ronda los 600.000 dólares; eso si el paciente
no necesita un trasplante hepático, en ese caso el costo asciende a un
millón de dólares."¿Quiénes son los profesionales
de la salud que están más expuestos? "Los técnicos
de laboratorio que deben extraer sangre y los médicos o enfermeras que
deben insertar catéteres intravenosos -responde-; también están
en alto riesgo los que manipulan tubos capilares de vidrio que contienen sangre,
éstos se rompen fácilmente y cuando abren una herida causan un
sangrado muy intenso". Un capítulo aparte son los cirujanos: "Se
estima que los cirujanos cardíacos se pinchan, en promedio, entre cuatro
y cinco veces por operación, principalmente al realizar suturas. Lo que
no saben es que la mayoría de las veces (los vasos sanguíneos
son una excepción) no es necesario que estas agujas tengan filo porque
los tejidos internos son muy poco densos y se pueden atravesar con una aguja
sin filo".
La calidad de la
sangre
Según el doctor
Oscar TORRES, secretario científico de la Asociación Argentina
de Hemoterapia e Inmunología, en la Argentina la escasez de donantes
voluntarios y altruistas que donen en forma rutinaria y altruista atenta contra
la calidad de la sangre. Como se lee en la nota central, este fluido vital es
el principal elemento de contagio del virus de la hepatitis C. "Si bien
en el país se evalúa a cada unidad de sangre para transfundir
en busca de anticuerpos que revelen la presencia del virus de la hepatitis C
-dice TORRES-, lamentablemente esta infección tiene un período
de ventana de 90 días durante los cuales una persona infectada puede
donar sangre y contagiar el virus. Si bien existe un método (llamado
anticore) más sensible para detectar el virus de la hepatitis C, que
permite reducir sensiblemente este período de ventana (y con ello reducir
el riesgo de transmitir la enfermedad a través de una transfusión
de sangre o de sus derivados), su utilización no es obligatoria por ley.
El anticore se utiliza sólo en algunas instituciones médicas del
país; nosotros, desde la Asociación Argentina de Hemoterapia e
Inmunohematología, aconsejamos su uso en forma rutinaria."
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