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Ya nadie escribe cartas
de amor. Y los amigos que se fueron a otro país no guardan más
estampillas ni sobres en el cajón del escritorio o de la mesita de luz.
Nuestros seres queridos prefieren enterarnos de su suerte a través de
una llamada telefónica, un fax o un igualmente aséptico e-mail.
Las postales, al igual que las tarjetas de Navidad o Año Nuevo, que progresivamente
habrán de perder sus colores en los escaparates de los comercios y los
quioscos de diarios, han sido condenadas a congelar imágenes del día
previo al terror postal, al miedo al terrorismo biológico.
El ántrax ha sido confirmado hace poco más de una semana por las
máximas autoridades sanitarias del país, ya está entre
nosotros. Sin embargo, ésta, su temida llegada al mundo globalizado,
ha desconcertado a los especialistas, dando por tierra con sus predicciones.
Tan sólo dos años atrás, un comité de expertos norteamericanos
en armas biológicas escribió una revisión del tema para
el periódico de la American Medical Association, en el que llamaba a
prevenir posibles ataques de ántrax... por aire.
En dicho artículo, titulado “Anthrax as a Biological Weapon. Medical
and Public Health Management” (JAMA, 12 de mayo de 1999) advierte sobre
que “el mayor riesgo para la salud humana seguido de una intencional dispersión
en el aire de esporas de ántrax ocurre durante el período en que
las esporas permanecen en el aire. La duración de este período
y la distancia que viajan antes de perder capacidad infecciosa y caer al suelo
depende de condiciones meteorológicas y de las propiedades aerobiológicas
del aerosol utilizado para dispersarlas”.
Es verdad que los prestigiosos autores de este artículo (seguramente
uno de los más elaborados sobre el tema) hacen referencia a la posibilidad
de que las armas biológicas sean empleadas ya no en una guerra, sino
que sean usadas con fines terroristas: “La posibilidad de un ataque terrorista
utilizando armas biológicas sería especialmente difícil
de predecir, detectar o prevenir, por lo que se encuentra entre los escenarios
terroristas más temidos”, escriben; pero en ninguna de sus páginas
se menciona siquiera la posibilidad de que los ataques sean, al menos en un
principio, una cuestión de alcance personal.
Después de todo, ¿existe algo más individual que el destinatario
de una carta? Bueno, es lícito argumentar que las esporas contenidas
en un sobre pueden contaminar a alguien más que al destinatario, pero
aun así la imagen de la muerte que viaja por correo difiere radicalmente
de aquella otra que sí fuera vaticinada por los expertos, y en la que
se ve a un modesto avión dejando caer un centenar de kilos de esporas
de ántrax sobre los techos de una desprotegida ciudad.
Martín Lema, licenciado en Biotecnología de la Universidad Nacional
de Quilmes, cuenta en su libro Guerra biológica y bioterrorismo que “un
informe de la Oficina de Asesoramiento en Tecnología de los Estados Unidos
sostiene que una avioneta equipada con un equipo de fumigación sobrevolando
Washington DC (como la que se estrelló en la Casa Blanca en 1994) en
una noche clara y cargando 100 kilos de esporas podría despachar una
dosis letal a tres millones de personas”.
Ha quedado demostrado que no hace falta tanto despliegue para desatar el pánico
y la psicosis a escala mundial con relación a una afección que,
como veremos más adelante, ha sido y es endémica de estas tierras.
Ahora, la pregunta es: ¿la enfermedad por correo es tan peligrosa como
la quepodría precipitarse desde un avión o incluso asomar su fea
cabeza a través de otros medios masivos de contagio?
Pero responder pensando en ántrax no es lo mismo que hacerlo teniendo
en mente, por ejemplo, la viruela. Cierto es que son numerosos y diversos los
agentes biológicos –bacterias, virus, hongos, toxinas– presentes
en la naturaleza y en los laboratorios de máxima seguridad que pueden
ser empleados como armas. Y, a esta altura del partido, sería imprudente
ser discreto una vez llegado el momento de confeccionar la lista de amenazas.
Empecemos con el ántrax, que ya es un conocido de la casa.
Antrax, con sello
argentino
Llamemos a las cosas por
su nombre: ántrax es una traducción mal y a las apuradas de anthrax,
en inglés; mal porque el español cuenta ya con una forma de llamar
a esta enfermedad que es carbunclo o carbunco, y a las apuradas porque tan sólo
saca una hache y agrega un acento. Hablar de carbunclo y no de ántrax
no es gratuito, pues esta enfermedad tiene una larga historia en estas pampas
en las que mayormente se ha hablado el español.
Se estima que las primeras vacas –pues en realidad ésta es una
zoonosis capaz de afectar secundariamente al ser humano– que llegaron
a la Argentina trajeron al carbunclo en sus entrañas. El académico
Juan Carrazoni, en su Historia de ganaderos y de veterinarios de la República
Argentina, sugiere que las características de ciertas afecciones del
ganado bovino consignadas en las memorias del Cabildo de Buenos Aires coinciden
con las del carbunclo, cuya forma humana fue descripta por primera vez en el
país por el doctor Francisco Muñiz, recién en 1847.
En la Argentina, al igual que en Estados Unidos, la forma más frecuente
que adquiere el carbunclo es la cutánea (pulmonar y digestiva son las
otras). Aquí, el contagio suele producirse cuando el hombre de campo
cuerea (le saca el cuero, literalmente) al animal muerto; en esta tarea es común
que el trabajador lacere sus manos o sus brazos, abriendo vías de entrada
a su organismo para las esporas del carbunclo que se encuentran en el animal.
Antes de seguir, aclaremos de qué hablamos cuando hablamos de esporas.
Sucede que el protagonista de esta pesadilla, el Bacillus anthracis, (bacteria
identificada en 1881 por Robert Koch, el mismo de la tuberculosis, que es el
bacilo de Koch, precisamente) ante una agresión del medio ambiente se
concentra sobre sí mismo, se deshidrata y adopta la forma de espora que
le permite sobrevivir en estado latente por años, sin importar las condiciones
ambientales, hasta despertar en el interior de un nuevo huésped.
Volvamos entonces a la Argentina. José Hernández, en sus “Instrucciones
al estanciero”, condenaba la costumbre de desollar los animales que llevaba
al contagio de esta enfermedad a la que consideraba una de las más comunes
y peligrosas del ganado bovino. Aún hoy, esta costumbre es la responsable,
en parte, de los aproximadamente dos casos anuales de carbunclo cutáneo
que se producen en la provincia de Buenos Aires. La falta de vacunación
del ganado es la otra responsable: el estudio por parte del Laboratorio Azul,
de esa localidad, de los 2018 supuestos casos de carbunclo animal denunciados
entre 1977 y 2000 reveló 279 casos positivos.
“El ántrax cutáneo, la forma más común, es
usualmente curable –afirma el doctor Víctor Rosenthal,
especialista en enfermedades infecciosas y clínica médica, miembro
del grupo redactor de las Normas de Control de Infecciones del Ministerio de
Salud de la Nación–. Su nombre, que en griego significa carbón,
se refiere justamente a la típica escara negra de las áreas de
la piel afectadas.” Entre los tres y los cinco días posteriores
a la lesión, aparece una pápula (sobreelevación de la piel
que no produce picazón) no dolorosa que luego se transforma en una ampolla
que se seca dando lugar a la característica escara negra, rodeada por
un edema y pequeñas ampollas púrpuras. Grano malo, le dicen en
el campo. “Aunque la forma cutánea tiende a ser autolimitada, el
tratamiento con antibióticos suele ser recomendado para evitar posibles
complicaciones”, advierte Rosenthal.
En cuanto a la forma digestiva del carbunclo, ésta es la más infrecuente.
“Puede ser fatal –asegura este especialista–. Los síntomas
aparecen entre los dos y los cinco días posteriores a la ingestión
de carne de animales enfermos contaminada con los gérmenes.” Aunque
en los Estados Unidos no ha sido reportado ningún caso de la forma digestiva,
en la Argentina se sabe de uno que ocurrió cuando un peón de campo
utilizó el mismo cuchillo empleado para cuerear un animal para luego
cortar el asado.
Las esporas asesinas
Pero no son las formas
cutáneas ni las digestivas las que preocupan a los expertos en terrorismo
biológico y las que le quitan el sueño a la población en
general. Es la forma pulmonar o inhalatoria la más peligrosa, y también
la preferida para ser usada como arma biológica. “Si se inhalan
(las esporas), normalmente en uno a seis días (aunque se han observado
hasta a los 43 días de ocurrida la inhalación) se desarrollan
síntomas similares a los de una infección respiratoria ordinaria,
seguidos de fiebre alta, vómito, dolor en las articulaciones, respiración
dificultosa y lesiones internas y externas sangrantes –escribe Martín
Lema–. La muerte sobreviene repentinamente, por falla cardiorrespiratoria.”
Y agrega: “La exposición puede ser fatal, con un 90% de mortalidad
si no se aplica tratamiento”. Claro que el tratamiento sólo es
efectivo si es administrado en los primeros días posteriores a la infección.
“Una vez que aparecen los síntomas del carbunclo inhalatorio, la
precoz administración de antibióticos es esencial”, afirman
los autores del artículo “Anthrax as a Biological Weapon”.
“Una demora de horas en el tratamiento de los pacientes infectados con
carbunclo puede disminuir sustancialmente las posibilidades de sobrevivir de
estos pacientes –agregan–. Dada la dificultad de obtener un rápido
diagnóstico microbiológico, todas las personas con fiebre o evidencias
de enfermedad sistémica en el área donde han ocurrido casos de
carbunclo deben ser tratados hasta que los análisis excluyan la enfermedad.”
Afortunadamente, las cepas naturales de Bacillus anthracis son sensibles a la
mayoría de las familias de antibióticos, desde las penicilinas
hasta las fluoroquinolonas. Desafortunadamente, existen cepas genéticamente
modificadas de esta bacteria: “Han sido publicados reportes de cepas de
B. anthracis que han sido construidas por científicos rusos para resistir
a las tetraciclinas y a las penicilinas. Si bien una forma de ántrax
resistente a las fluoroquinolonas es posible, a la fecha no han sido publicados
trabajos en este sentido”.
En la práctica, es esta posibilidad de que las cepas que circulan por
correo sean resistentes a las primeras líneas de antibióticos
las que obligan a recurrir como herramienta terapéutica de elección
a las fluoroquinolonas (más precisamente, a la ciprofluoxacina), aun
a sabiendas de que su uso masivo puede llevar a la aparición de resistencia
bacteriana que tire por la borda en unos pocos años a esta aún
hoy poderosa arma para combatir diversas infecciones bacterianas.
Otro aspecto del carbunclo por vía inhalatoria que lo postula como arma
biológica de elección (de hecho pertenece a la categoría
A –ver recuadro-, que reúne a las más peligrosas) es el
tremendo potencial letal de las esporas y la fabulosa capacidad de sobrevivir
al clima y a las tentativas de descontaminación. En primer lugar, se
sabe que basta tan sólo unnanogramo de esporas para que la dosis sea
letal (un nanogramo es la milésima parte de la millonésima parte
de un gramo).
En segundo lugar, dos experiencias con dichas esporas confirman su capacidad
de supervivencia. “La isla de Gruniard, situada frente a las costas de
Escocia, fue utilizada para probar carbunclo sobre ganado por los aliados durante
la Segunda Guerra Mundial –cuenta Lema en su libro–. Se pensó
que estaba a una distancia segura del mar, pero los experimentos debieron ser
terminados cuando surgió un brote en el ganado de la costa que enfrenta
la ínsula. La persistencia de las esporas es tal que la isla ha permanecido
50 años “en cuarentena”, y no se sabe con certeza si los
procesos para descontaminarla han sido efectivos.”
Sin embargo, la experiencia más estudiada fue el incidente que tuvo lugar
en 1979 en Sverdlovsk, una ciudad situada en los Urales rusos, y que causó
68 muertes. “En 1992, el presidente Boris Yeltsin reconoció que
los programas de guerra biológica no habían terminado aún,
y que el incidente en cuestión se había originado a causa de la
explosión de un laboratorio militar cercano, con la consecuente liberación
accidental del patógeno cuyas esporas fueron transportadas 40 kilómetros
por el viento hasta el poblado.”
Lo único que puede decirse a favor de las hoy temidas esporas es que
la enfermedad a que dan lugar no se transmite de persona a persona. Lo que no
es poco decir, especialmente si de lo que vamos a hablar ahora es de la viruela.
Pero este es otro tema y merece por lo tanto un subtítulo.
Viruela, ese infierno
tan temido
¿Por qué
es tema la viruela, una enfermedad que, vacunación mediante, pudo ser
erradicada en 1977? Además, ¿no se supone que tan sólo
quedan muestras del virus en los Centros para el Control y Prevención
de las Enfermedades (CDC) de los Estados Unidos y en el Instituto de Preparaciones
Virales de Moscú, Rusia, tradicionales oponentes hoy reconciliados frente
a un nuevo enemigo? Bueno, sucede que los temores son justificados tan sólo
porque el virus que la causa ha matado en el mundo a más personas que
cualquier otra enfermedad infecciosa; se estima que aproximadamente 500 millones
de personas murieron en sus manos sólo en el siglo XX.
“De ser utilizada como arma biológica, la viruela representa una
seria amenaza para la población civil debido a que presenta un 30% de
mortalidad entre personas no vacunadas, y a la ausencia de un tratamiento específico.
A pesar de que ha sido temida como la más devastadora de todas las enfermedades
infecciosas, su potencial devastador es hoy todavía mayor que antes.
La vacunación rutinaria en los Estados Unidos cesó hace más
de 25 años. La viruela sería capaz de extenderse rápidamente
a través de todo el país y el mundo”, escribió otro
panel de expertos en la revista de la American Medical Association.
Aunque existe una vacuna para la viruela –la vaccinia, descubierta en
1796 por Edward Jenner, quien demostró que la vacunación con un
virus bovino de la misma familia protege contra la enfermedad–, el artículo
recién citado, “Smallpox as a Biological Weapon. Medical and Public
Health Management” (JAMA, 9 de junio de 1999), recuerda que “en
1980 la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomendó que cesara
la vacunación en todos los países, luego de que en 1977 se declarara
erradicada la viruela. Un comité de expertos de la OMS recomendó
que todos los laboratorios destruyeran los stocks remanentes de este virus o
que los transfirieran a uno o dos centros de referencia” (los dos centros
arriba citados). Si bien todas las naciones aseguraron haber obedecido estas
recomendaciones, existen evidencias de que esto no fue así. Recientemente,
Ken Alibek, un ex líder de la hoy extinta Unión de Repúblicas
Socialistas Soviéticas, confesó públicamente que a comienzos
de 1980 el gobierno soviético se embarcó en un programa para producir
el virus de la viruela en grandes cantidades (¡toneladas!) y adaptarlas
para ser usadas en bombas y misiles intercontinentales. Además, un informe
secreto de la inteligencia norteamericana concluía en 1998 que, además
de Rusia, Irak y Corea del Norte probablemente contaban ya con muestras del
virus para ser usadas con fines militares.
El artículo del JAMA agrega, sin dar muchas vueltas, que: “La deliberada
reintroducción de la viruela como enfermedad epidémica sería
un crimen internacional de impredecibles proporciones, pero es ahora considerado
como una posibilidad. La liberación del virus en forma de aerosol lo
diseminaría enormemente, dada la considerable estabilidad de este tipo
de virus en los aerosoles y que la dosis infecciosa es muy pequeña”.
En un brote que tuvo lugar en Europa entre los ‘60 y ‘70, se estimó
que cada caso de viruela daba lugar a entre 10 y 20 contagios.
Aun ante brotes ínfimos: en 1947, la aparición de un solo caso
de viruela en Nueva York (que más tarde daría lugar al contagio
de otras 12 personas) llevó a la vacunación masiva de seis millones
de personas. Es que ninguna medida de prevención pareciera ser suficiente
para frenar este mal extremadamente contagioso.
“Esta enfermedad comienza con una erupción cutánea –explica
el doctor Rosenthal–. Primero son maculopatías
(manchas sobreelevadas), luego vesículas (ampollas), más tarde
pústulas (granos con pus) y finalmente costras. Este proceso dura de
una a dos semanas. El paciente pude recuperarse o, en el 30% de los casos, morir.”
Fiebre alta y postración son otros síntomas característicos
de la enfermedad. Y es, justamente, durante este difícil trance que el
virus se vuelve más contagioso. “Los pacientes contagian la viruela
principalmente a las personas con las que viven y a sus amigos; grandes brotes
en escuelas, por ejemplo, son poco frecuentes –explican los autores del
artículo del JAMA–.”
Visto y considerando los peligros de esta casi perfecta arma biológica,
por qué no recurrir entonces a una nueva ronda mundial de vacunación.
El primer problema es práctico: desde la década del ‘70
no se fabrica la vacuna contra este mal, y las dosis remanentes son más
bien pocas. “En los Estados Unidos, sólo hay una limitada reserva
de vacunas producidas por los laboratorios Wyeth en los ‘70. Se estima
que este remanente es suficiente para vacunar a entre seis y siete millones
de personas(informes más optimistas dicen que las dosis alcanzarían
para 15 millones). La OMS, por su parte, cuenta con 500.000 dosis.” Según
el citado panel de expertos norteamericanos, no hay reservas suficientes como
para hacer frente más que a una potencial situación de emergencia.
¿Por qué no una nueva vacuna? Sucede que la vacunación
rutinaria con vaccinia no está libre de riesgos: se estima que produce
complicaciones en una de cada 13.000 personas vacunadas, complicaciones que
van desde severas erupciones hasta encefalitis (inflamación cerebral);
una persona vacunada en un millón muere por estas causas. Pero hoy, además,
hay un riesgo extra que los infectólogos no pueden desconocer: los avances
en medicina han permitido la supervivencia de muchos pacientes con graves enfermedades
que antes llevaban indefectiblemente a la muerte; éstas o a veces sus
tratamientos dejan a quienes las padecen con sus defensas diezmadas. Aquí
estamos hablando de la leucemia, los linfomas, los trasplantes de órganos
y el HIV.
Evidentemente, no queda duda alguna de que el mundo de hoy no está preparado
para afrontar una guerra biológica.
Una historia de
(bio)terror
Por A.B.
Hacer de la vida en sus formas más primitivas un instrumento
de muerte no es una invención del agitado mundo moderno. Ya en el siglo
III antes de nuestra era, los griegos tenían la insalubre costumbre de
arrojar animales muertos en las fuentes de agua de las poblaciones enemigas,
modus operandi que fue imitado tanto por los romanos como por los persas.
Dicha estrategia, según explica Martín Lema, licenciado en biotecnología
de la Universidad Nacional de Quilmes, en su libro Guerra Biológica y
Bioterrorismo, nace de la creencia en la existencia de una asociación
directa entre mal olor y enfermedad. Idea retomada en 1495 por los españoles
que tuvieron la asquerosa idea de contaminar vino francés con sangre
de enfermos de lepra.
Casi ciento cincuenta años antes, en 1346, “los tártaros
catapultaron cadáveres infectados con peste bubónica sobre las
murallas de la ciudad de Kaffa (algunos historiadores sospechan que éste
fue el origen de la epidemia que luego arrasó Europa matando 25 millones
de personas). Otro tanto sucedió durante el sitio de Carolstein en 1422,
y el de Tallin, en 1710”, escribe Lema.
En 1763, en las colonias inglesas de América del Norte, un oficial británico
que se encontraba a cargo de un fuerte de frontera se vio ante la falta de recursos
suficientes para enfrentar a los indios que los superaban en número.
Alentado por Jeffer Amherst, el comandante en jefe inglés, decidió
darle a los nativos “en gesto de buena voluntad” mantas provenientes
de un hospital que habían sido utilizadas por enfermos de viruela, a
la que ya se sabía que los indios eran muy vulnerables”.
A todos aquellos a los que esas costumbres les hayan parecido excesivamente
crueles y sádicas abandonen la lectura de este apartado aquí,
pues lo que sigue es peor. “En los años 30 los japoneses concluyeron
que, por tener menores recursos naturales y población comparados con
sus rivales continentales de Asia, debían recurrir a las armas biológicas
para compensar la desventaja -explica Lema en su libro de lectura más
que sugerida para los no iniciados en el tema–. Pero lo particular del
caso japonés fue que se llegó al uso de sujetos humanos para investigación”.
Unidad 731 fue el nombre de la división del ejército japonés
que en 1931 se instaló en Manchuria, en la recientemente conquistada
China, para hacer uso de los prisioneros de guerra como conejillos de India
en los ensayos del uso de armas biológicas de diverso calibre. “Algunos
de los experimentos llevados a cabo allí incluían inyectar a los
sujetos con bacterias causantes de la peste bubónica producidas en moscas
infectadas,para luego registrar la evolución de la enfermedad e incluso
disecarlos en estado consciente”.
Según enumera Lema, los japoneses no dejaron nada sin probar: “fiebre
amarilla, tularemia, hepatitis, gangrena gaseosa, tétano, cólera,
disenteria, fiebre escarlata, ántrax, muermo, encefalitis de las garrapatas,
fiebre hemorrágica, difteria, neumonía, meningitis cerebroespinal,
enfermedades venéreas, peste bubónica, tifus, tuberculosis y otras
endémicas de China y Manchuria. Realizaron pruebas con cianuro, arsénico,
heroína, con veneno de serpientes y de pez erizo." En el programa
murieron más de 10.000 personas.
Los posteriores incidentes con armas biológicas palidecen ante el extremo
desprecio por la vida humana manifestado por los mentores de la Unidad 731 y
el programa japonés de investigación de armas biológicas
del que ésta formaba parte. En cuanto a los tiempos que corren, todavía
es demasiado temprano como para poder siquiera esbozar la magnitud del terror
que emana hoy de los buzones.
Quizás mañana sea peor.
Las tres categorías
de las armas biologicas
Por A.B.
Los numerosos agentes biológicos
que pueden ser empleados como armas biológicas se dividen en tres categorías.
En la categoría A, cuenta el doctor Víctor Rosenthal,
se encuentran aquellos que son fácilmente diseminados o transmitidos
de persona a persona, causan alta mortalidad, tienen un impacto mayor en la
salud pública y causan pánico en la población y disrupción
social.
¿La lista? Viruela, carbunclo, peste bubónica, botulismo, tularemia
y las afecciones causadas por los filovirus, entre los que se cuentan el ébola
y el virus Junín causante de la fiebre hemorrágica argentina.
En la categoría B caben los agentes de moderada diseminación y
patogenicidad, y de baja mortalidad. Algunos de estos son: la brucelosis, la
fiebre Q, la salmonella, la escherichia coli, el cólera y los alfavirus
causantes de encefalopatías.
Por último, a la categoría C están relegados aquellos patógenos
emergentes, útiles para diseminación en masa, fáciles de
producir y diseminar, pero que al igual que los de la categoría A refieren
alta morbilidad y mortalidad, e igualmente alto impacto en la salud pública.
El Hantavirus, la fiebre amarilla y la tuberculosis son algunos de ellos.
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